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miércoles, 24 de enero de 2018

47- Villanueva de Odra (Caza y pesca)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Miguel-A. Cibrián), paciente de Ataxia de Friedreich.

Para acceder al índice de artículos del serial historiador sobre Villanueva de Odra, pinchar en: http://ataxia-y-ataxicos.blogspot.com.es/2017/12/indice-del-serial-historiador-sobre.html

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Nota previa: "Villanueva de Odra es la población rural donde nací, en el año 1954... y, salvo los cursos que estuve en internados durante mi época de estudiante, he vivido hasta mis 61 años. Actualmente, resido en la ciudad de Burgos".

Caza. Fotografía extraída de Internet

La caza, o cinegética, es capturar animales que viven en estado salvaje... Tal actividad ha cambiado mucho a lo largo de los siglos: De cazar para satisfacer una necesidad alimentaria, se ha pasado a ser algo recreativo, para rellenar los ratos de ocio... ¿Deporte...? Personalmente, llamar a la caza deporte, me parece un eufemismo tan excesivo como fuera de lugar.

En cualquier caso, con las modernas escopetas de repetición, habría que cambiar en la descripción de la primera frase: la expresión "capturar", por "abatir"... Porque, por ejemplo, yo no considero caza la recogida de caracoles tras las lluvias primaverales para convertirlos en un apetecible plato gastronómico. La búsqueda de caracoles ha tenido bastante fuerza, a nivel privado, en Villanueva, aunque supongo que la despoblación lo va pasando al olvido... Ya hay granjas de caracoles. ¿Para que perder el tiempo recogiéndolos uno a uno?.

En Villanueva de Odra no hay bosques ni matorrales... y, por tanto, lo único existente es la denominada caza menor: codorniz, perdiz, y liebre... Alguna vez se han visto jabalíes, corzos, y ciervos... pero son animales aislados salidos por alguna razón de su hábitat natural. También se ha visto lobos (yo mismo los he visto)... pero insisto en que las características del terreno no son aptas para animales de caza mayor, ni para depredadores del tamaño del lobo.

Se dice que en Villanueva, al igual que en la mayoría de los cotos de la zona, hay muy pocos animales para cazar... insisto muy pocos. Lo cual entra dentro de mi total credibilidad, pues en mis últimos años de actividad agraria, estaba cayendo en vertiginoso descenso... Y sí, es cierto que las nuevas prácticas agrícolas con sus pesticidas y herbicidas tiene potencial dañino para los animales a cazar. Pero, si analizamos causas, tampoco convendría olvidar los abusos de los arrendatarios de los cotos explotando su negocio: Hay un cosa superevidente en el análisis: el animal que se mata, ése ya no se reproduce. O sea, es necesario controlar el número de piezas abatidas, y no meter más cazadores de los convenientes.

En Villanueva, los primeros arrendatarios de coto que yo conocí, fueron una sociedad de cazadores de Bilbao. Eran ellos los primeros interesados en cuidar la caza... y la cuidaron con mimo: Realmente, el volumen de animales cazables floreció durante varios años... Parece ser que acabaron malpagando y olvidándose de una cláusula del contrato que decía que había que subir el importe en función de lo que subiera el costo de la vida... Los siguiente arrendatarios ya fueron corredores de licencias para cazar en el coto... y eso ya es otro cuento distinto.

Villanueva de Odra (torre nevada)... Fotografía de autor desconocido

La pesca:

La estrella de la pesca en Villanueva fueron los cangrejos, que nuestros ante pasados capturaban con reteles, a mano, o incluso agotando tojos. Pero, por diferentes cusas, los cangrejos están casi desaparecidos.

Desde tiempos inmemoriales, en el tojo del puente ha habido una colonia de grandes barbos, que habitaban en la rocas del fondo y planeaban majestuosamente en el agua, cual si fueran pequeños tiburones... Hace pocos años, acabó con ellos el reventón de la presa del molino, llenando el tojo de grava.

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Ahora pego un misterioso artículo que escribí, para mí solo, hacia 1992. Es una historia de ésas de apariencia intrascendente que, cuando reaparece, por coincidencias de actualidad, causa una inmensa zozobra.
Los dos vecinos que se cita, ya fallecidos, son Fortunato de la Hera, e Isidro (no recuerdo su apellido). Isidro, a quien apodaban "Piñonera" (no lo digo como insulto, sino como nota aclaratoria) era de Villahizán, y estaba casado con una hija de los señores Baudilio y Faustina... y vivió dos años en una vivienda frente a mi antigua casa... donde ahora está la casa de Antonio y Carmen.
El título del escrito tiene doble sentido:
Olor a pólvora:

Esta historia de mi comentario de hoy la he guardado en silencio, dándola vueltas en mi cabeza, antes de decidirme a escribirla. Es muy rara y se presta a múltiples interpretaciones. Sucedió, realmente, hace mucho tiempo, no es una invención literaria. Decir mucho, es una medida muy relativa. Para unos, mucho puede ser cien años, y para otros, puede ser solamente seis meses. Daré una referencia para poder efectuar un cálculo. Es una historia personal y ocurrió cuando yo tenía aproximadamente diez años.

Mis acompañantes en el suceso eran dos vecinos del pueblo. El uno me superaba en unos veinte años escasos, y el otro en veinticinco. Poco después, ellos abandonaron el pueblo en busca de trabajo. Los dos residen actualmente en la ciudad de Burgos. Ambos eran aficionados a la caza.

Inicio el relato. Pero para poder narrarlo con precisión, he de referir antes unos antecedentes. Mi abuelo tenía una galga blanca. Era nueva: es decir, sin adiestramiento para la caza. Uno de los dos vecinos relatados, admiraba, uno y otro día, las cualidades físicas de la galga y ardía en deseos de ver su comportamiento ante una liebre. Mi abuelo ya no estaba para esos trotes, porque exigen largas caminatas. La solución por llevar a la galga de caza, pasaba por llevarme a mí. Conmigo sí iría ella.

Por un día, bien entrado el otoño, me convertí en cazador ocasional. La actividad, sin afición, no resulta tan agradable como pudiera parecer a primera vista. Resulta demasiado dura si no se lleva como complemento una buena dosis de predisposición. Una escopeta era toda nuestra artillería. Y dos galgas y una perra cazalla, de esas de grandes orejas que va siempre con el hocico pegado al suelo olfateando algún rastro, fueron nuestros acompañantes animados. Caminábamos: Yo a ratos tenía que correr para seguir los pasos de los adultos. Íbamos separados y en silencio para no espantar a las posibles piezas encamadas a esas horas diurnas. Sólo mi ilusión de niño pudo compensar la ausencia de inclinación por la caza.

Caza de liebre con galgos... Fotografía extraída de Internet

La jornada, en cuestión de piezas cobradas, fue un auténtico fracaso. Las liebres, como si estuvieran alertadas ante nuestra presencia, salieron de sus camas a mucha distancia de nosotros. La escopeta volvió a casa sin siquiera oler a pólvora. Las galgas corrieron, pero sin opciones de alcanzar a las piezas. La mía, de mi abuelo, demostraba su inexperiencia cansándose de perseguir cuando no veía posibilidades de captura. Incluso, vimos un zorro, raposo se dice aquí, las galgas le dieron alcance, pero no se atrevieron a atacar y volvieron a su posición antes de que nosotros, que corríamos como endemoniados, llegáramos a tiempo para alentarlas en el ataque. Tal fue mi cansancio físico que pobre de la pulga que pillara en la cama bajo mi cuerpo esa noche. Fui la estrella de la cacería. Mis acompañantes se lamentaban una y otra vez de no haber capturado una sola pieza para obsequiarme.

No volví a casa con las manos vacías. Hallé una tralla. En estos campos de cereal cultivados en aquellos tiempos con parejas de vacas o mulares no puede extrañar mi hallazgo.

Y así acabó mi historia. Hasta aquí es un lance sin importancia. Recuerdos parecidos todos los tenemos a montones. Son sucesos que se archivan en la memoria como un caso cerrado. Después, otros hechos de más actualidad les van desplazando para ocupar su sitio en la limitada capacidad mental humana. Y tales recuerdos quedan retirados y llenos de polvo en un rincón del desván de la memoria en espera de un borrado definitivo por parte del olvido.

Pero no: A este recuerdo no llegó a tiempo de borrarlo el olvido. Aparecieron todos los demonios del mundo para desempolvarlo de su retiro. Veinte años después de suceder los hechos relatados, algo inquietante vino a sorprenderme y a despertar la evocación de su letargo. Lo he recordado. Lo he meditado. Nunca se lo he dicho a nadie. Pero es verdad. Veinte años después... ¿Y por qué veinte años?.

Pasado ese tiempo mencionado, me di cuenta que, los tres cazadores que aquel día de otoño corríamos como endemoniados para ver el desenlace de las carreras de las galgas, ahora necesitábamos el auxilio de una silla de ruedas. Los tres, precisamente los tres. ¿Por qué? Lo he pensado una y otra vez y siempre me estrello con la confusión. He hablado antes de demonios. Sin referirme ahora a este caso concreto, los demonios no son los hechos, sino los pensamientos. Te inquietan. Te desconciertan. Te trituran. No te llevan a conclusiones. ¡Cuántas veces he deseado que el pensamiento fuera como una luz eléctrica para que la apagase mi madre al acostarme y la encendiera por la mañana! Pero mejor, he pensado, como un programador de un video para poder programarme yo mismo: ¡Zas!, pararlo a las doce de la noche y programarlo para un encendido automático para grabar la película del vivir cotidiano a las nueve de la mañana. No es la noche el enemigo, sino la soledad. Cierto que se siente un poco más por la noche, pero no es menos cierto que durante el día hay momentos tanto o más difíciles que en horas nocturnas. ¡Pues también lo desprogramaría por el día!.

Volviendo al caso de la posible relación de la cacería con los avatares de la vida y concretamente con las sillas de ruedas, nunca se lo he dicho a nadie. Nadie, pienso yo, podría aportarme razones convincentes. Tampoco se lo he dicho a los otros dos acompañantes a quienes hace tiempo no he visto. ¿Para qué? ¿Para inquietarles? ¿Para recordarles que están bastante peor que yo?. Tal vez su olvido ya haya borrado de su memoria esa cacería y ni siquiera hayan reparado en esta coincidencia. ¿Coincidencia? Si aquel día hubiéramos hallado en nuestro camino una bruja, le podría acusar de habernos echado mal de ojo. Pero no vimos a nadie en nuestro trayecto, absolutamente a nadie. ¿Por qué ha sucedido así? El caso es irrazonable. Pero, no sólo este hecho. En mis muchos pensamientos he llegado a la conclusión de que toda la vida es irrazonable. Buscas respuestas y nunca las hallas. Sólo hay una semicontestación, de creyentes, que no aclara nada, pero aplaca la necesidad de preguntarte. Los científicos tienen respuestas para todo, pero no me valen por incompletas:

- Doctor, ¿por qué necesito de la diálisis?.
- Porque tiene usted los riñones desechos.

Parece una respuesta. Y lo es, pero también es semirespuesta por incompleta. ¿Qué diría tal Doctor si a continuación de esta pregunta y después de oír su contestación, le preguntara la razón de otra manera?:

- ¿Y por qué yo tengo los riñones desechos, y no usted?.

No sé si hay respuesta a esta pregunta. Tal vez el facultativo hallase defectos congénitos, o genéticos, malas alimentaciones, abuso de alcohol, errores de fármacos, poco cuidado de la salud... qué sé yo. Seguiría sin llegar al fondo de la cuestión. ¿Serían convincentes esas respuestas o cualquier otra parecida? Creo que no. Llevarían a más preguntas. Tampoco sé si habría respuestas médicas convincentes al tema del comentario de hoy. Si las hubiera, ¿serían válidas del todo? Creo que no. Yo, que al tema en general lo he dado muchas vueltas en la cabeza, prefiero mi contestación: Dios... El sabrá... Y, si alguien halla una respuesta al porqué de la coincidencia de la necesidad de sillas de ruedas para los tres protagonistas de esa jornada de caza, lo dudo, no va moverme de mi posición de creyente. El hombre desciende del mono. ¿Queda pues sin validez la Creación? No señor. Para mí, el hombre sigue existiendo por la voluntad de Dios. El Génesis en el fondo sigue siendo válido.

Si apareciera la bruja, invisible en su momento, diciendo que nos echó mal de ojo a los tres cazadores, tampoco variarían mis creencias. Con bruja o sin ella, mientras la ciencia sólo me de una semicontestación, me aferraría a mi semirespuesta... porque tampoco responde nada: No responde absolutamente nada. Pero me desprogramo, me encojo de hombros... y me digo... ¡no veo más!.

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