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miércoles, 21 de junio de 2017

7- Villanueva de Odra (Ermita de San Roque)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Miguel-A. Cibrián), paciente de Ataxia de Friedreich.

Para acceder al índice de artículos del serial historiador sobre Villanueva de Odra, pinchar en: http://ataxia-y-ataxicos.blogspot.com.es/2017/12/indice-del-serial-historiador-sobre.html

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Nota previa: "Villanueva de Odra es la población rural donde nací, en el año 1954... y, salvo los cursos que estuve en internados durante mi época de estudiante, he vivido hasta mis 61 años. Actualmente, resido en la ciudad de Burgos".

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Sobre Villanueva de Odra, en la enciclopedia Wikipedia, según el Sr. Madoz (el Ministro de Hacienda y sus impuestos), se dice que en el año 1842 había "tres ermitas: Santa Brígida en la población, y San Roque y Santa María Magdalena en el término municipal".

En post anteriores he hablado dos de las tres ermitas de Villanueva de Odra. Me queda únicamente detallar la ermita de San Roque para completar el trío... Bueno, sin embargo, desde el punto de vista histórico y con un mínimo de rigor es de la que menos puedo decir: ¡Nada...! No tengo ni un sólo dato al respecto. Y parece increíble que así sea, pues, en el tiempo, es la más cercana de las tres. Debiera haber algún manuscrito sobre su construcción... aunque sólo fuera un acta municipal. No obstante, dudo de la existencia de algún texto... Por ello, haré únicamente conjeturas, advirtiendo que no me baso más que en deducciones propias... sin fundamentos y, por supuesto, sin pretender que se dé validez a mis palabras.

Y antes he citado "aunque sólo fuera un acta municipal", porque tengo la impresión de que la festividad de San Roque, en Villanueva, así como la ermita de dicho santo, tienen sus orígenes en el ayuntamiento, sin ninguna relación, salvo la necesaria colaboración, con estamentos religiosos... Pero si esto no lo sabía el propio cura del pueblo hacia 1970, el cual metió la pata con la mejor intención, no sé de qué voy a saberlo yo.

De jóvenes no nos hacemos preguntas, y, con total naturalidad, damos por válido aquello que siempre hemos visto ser así, incluso por más incongruente que pudiera parecer, de haberlo mirado con detenimiento... ¿Pero cómo es que en aquellos veranos agrícolas, de intenso trabajo, en los que se trabajaba sábados y domingos, había dos fiestas de guardar consecutivas a mitad de agosto: Nuestra Señora el 15, y San Roque el 16? ¿No parece raro? Mi padre aprovechaba el día de San Roque para dormir... pues el 17 comenzaba nuestra jornada de traída de las mieses a la era (acarreo), como los demás días de trilla, a las tres de la mañana.

"San Roque -he hallado en internet- es una de los grandes santos populares que ha suscitado devoción en todo el mundo. Existen levantadas muchísimas capillas y en diferentes iglesias tienen una imagen de él, gracias a los favores que a lo largo de los siglos ha concedido, principalmente en épocas de enfermedades y de peste"... Pues sí, recuerdo que en casa de mi abuelo paterno cuando se rezaba el Rosario, al final de la letanía, siempre decía: "Un padrenuestro a San Roque para que nos libre de la peste y del mal..."

Pues eso, era una fiesta de las llamadas "votivas": Es decir, el ayuntamiento, tras alguna de esas pestes que antaño diezmaban las poblaciones, había votado dedicar a San Roque tanto la construcción de la ermita, como el guardado de su festividad en la fecha marcada en el santoral, para que les librase de la peste y del mal. Y según los más ancianos, recuerdan que, tras la misa, antaño el alcalde pasaba lista a los vecinos en el alto de la torre. ¡El mundo del revés! ¡Yo creía que lo de la inquisición fueron cosas eclesiales! Y resulta que en este caso era el alcalde quien pasaba lista a los cabezas de familia, por si alguno no había ido a misa.

Hacia el año 1970, la primavera había sido muy lluviosa: la recolección venía muy retrasada, y amenazaba con alargarse hasta la llegada del otoño con su clima poco apto para trillas. El cura, que ignoraba el cuento votivo, dio permiso para trabajar en esa fecha, con la típica obligación religiosa de oír misa, como cualquier domingo del verano. ¡La que se lío! ¡El mundo del revés!: El alcalde mandando al cura "meterse en su iglesia"... e intentando sancionar a las tres familias del pueblo que habíamos trabajado en esa fecha. ¡Increíble! Hubo de mediar el secretario.

Si San Roque fue canonizado en el año 1584 (finales del siglo XVI)... siendo ciudadano francés... y con actividad en Italia... no parece probable que su fama como abogado de los casos de peste, llegara a Villanueva de Odra hasta la segunda mitad del siglo XVII. Es ahí, como máxima antigüedad, donde podríamos ubicar la construcción de ermita, pues no hay nada de nada para deducir que hubiera sido antes. El único dato hallado al respecto pertenece a archivos parroquiales, donde se confirma escuetamente que en el año 1710 ya existía esta ermita.

Ermita de San Roque (entrada). Foto de Rafael Alonso Motta.

La ermita de San Roque carece de estilo. Es una construcción muy rústica: una planta rectangular, con tres paredes de piedra sin pulir, y una de adobe. Lo único original es la puerta y su arco... conjunto bello, pero sin labrados... puerta bajita... con un ventanuco para poder ver a San Roque acompañado de su perro (representación tradicional del santo) ... ... Ya lo cantaba mi abuelo para, ante el sopor del agobiante sol de agosto, no dormirse sobre el trillo arrastrado por una pareja de vacas: "Por decir viva San Roque, / me metieron prisionero. / Y ahora que estoy en la cárcel: / ¡Vivan San Roque y su perro!". Cantada esta diminuta coplilla, no tardaba ni un minuto en quedarse dormido.

Ermita de San Roque por la cara norte. Foto de Rafael Alonso Motta.

En mi juventud, había tres fechas anuales en las que abrían la ermita: En nuestra Señora (15 de agosto) en procesión de rosario cantado, se llevaba a la ermita a la Virgen, y se traía a San Roque... Al día siguiente, festividad de san Roque, se hacía lo mismo, pero a la inversa.

Y el domingo de pascua de resurrección por la tarde se iba a la ermita a rezar el rosario, y a la vuelta, en una era, junto al río, con cargo al ayuntamiento, arrojaban gran cantidad de caramelos, muy peleados por mujeres y niños ...

Al respeto, aún recuerdo la anécdota de una bronca en mi niñez por no haber ido al rosario, y sí a la tirada de caramelos. No hubo mala intención: simplemente, habíamos subido hasta la presa del molino, y cuando llegamos, ya salían de la ermita.

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La costumbre de tirar caramelos el domingo de pascua, aún continua vigente... pero ahora se hace en la plaza, por la mañana, después de misa.

Tira de caramelos en la plaza. Se desconoce el autor de la fotografía.

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Ahora pego uno de mis textos, relacionado con el tema, escrito en el año 1999:
SUSTO EN MI DÍA GAFE

Han pasado muchos años desde mi comienzo en la utilización de la silla de ruedas en exteriores. Concretamente 14. Posiblemente, alguien piense que 14 años no es nada, pero dentro de una enfermedad progresiva, como la ataxia de Friedreich, supone una diferencia abismal. Día a día no se nota la cantidad progresada, pero si miramos hacia atrás en base a grandes periodos de tiempo, la diferencia entre cuanto somos y cuanto fuimos es deprimente. Incluso, en nuestro camino de progresión, desde el punto de vista comparativo entre pasado y presente, da la impresión de habernos quejado por nimiedades que son una leve sombra de nuestro malestar actual. Y, aun cuando el resto de los mortales pone sus esperanzas en el mañana, el oscuro futuro siempre es para nosotros la meta a olvidar.

En 1992 adquirí una silla de motor. Lo admito, fue un poco por capricho dentro de la necesidad: Supongo que para los ajenos a este rollo de la ataxia puede resultar difícil entender esta paradoja cuando resulta facilísima de comprender para un atáxico. Simplemente, no era una necesidad extrema, pero no habría ningún obstáculo para calificarlo de necesidad. Yo vivo en un pueblo y me rodaba toda clase de caminos. El sistema giratorio de la ruedas delanteras de una silla no es idóneo para caminos rurales con grava, arena, o deformidades más o menos profundas. No importaban las imperfecciones de la vía, aún podía realizar alguna clase de movimientos para poder salir del bache cuando me metía. Mi truco consistía en fijar mis pies en el suelo y levantar las ruedas delanteras a la vez que accionaba la palanca de avance de la silla hasta pasa el obstáculo. Si ese procedimiento no daba resultado, me tiraba al suelo y gateando me dirigía a la parte trasera de la silla y empujaba hasta ponerla en mejor terreno.

Estamos en septiembre de 1999. Por supuesto, afectado por el progreso de la ataxia, yo no soy el mismo de 1992. Hace algunos años que me es imposible llevar a cabo mis viejos trucos. Si el tiempo es bueno (primavera y verano: la provincia de Burgos es la Siberia de España [:-)]), salgo todas la mañanas a dar un paseo. Mi padre, con mal genio aunque con buen criterio, me limita las áreas adonde ir. En realidad, en una población de 70 habitantes apenas existe posibilidad de elección. Mis paseos son alejarme un poco del pueblo a leer el periódico al sol sin rebasar ciertos límites impuestos por mi padre y por mi cordura.

Por cierto camino rural mi límite está en la ermita de San Roque. Aquel día yo pensé seguir un poco más adelante y subir a una colina para poder disfrutar de un panorama más extenso. El agua de las lluvias al correr por el camino de la ladera había abierto dos surcos. Observé detenidamente el terreno y me convencí de no existir peligro por haber entre ambos surcos metro y medio en buenas condiciones para pasar. Así fue, la silla no tuvo ninguna dificultad subiendo. Allí arriba disfruté del panorama y, luego, decidí regresar. Pronto me percaté de haberme metido en una trampa. Para la silla, en cuanto a la fiabilidad de la dirección, subir y bajar eran todo lo contrario. Subiendo era el motor quien accionaba las ruedas, mientras bajando tenía que retenerlas. Sin poder evitarlo y aunque cruzara la dirección hacia el punto opuesto, mi silla iba derrapando hacia el surco más bajo de los dos. Por fin, una rueda delantera cayó al surco y yo salí despedido hacia adelante. El golpe no debió ser importante, porque ni siquiera lo recuerdo.

Gateando y con gran esfuerzo, logré sacar la silla del surco y ponerla en mejores condiciones para volver a iniciar la marcha. A continuación, intenté ascender a la silla. Todos mis intentos por subir fueron vanos. Mi corazón había comenzado a agitarse y temí una taquicardia de las que ya no es posible contarlas. Por ello, no tuve más remedio que, para protegerme del sol, colocar sobre mi cara la almohadilla llevada normalmente bajo el culo y esperar pacientemente las dos horas que faltaban para la hora de comer. Si al tiempo de la comida no había regresado, como lo hacía habitualmente, irían a buscarme.

Quise dormirme para matar dulcemente el tiempo de espera, pero mis pensamientos no me dejaron dormir. Numerosos recuerdos poco gratos pasaron por mi cabeza de una forma encadenada. Aún sin desmenuzar el anterior llegaba otro... y otro... y otro más. Fue imposible evitar que mis ojos se humedeciesen. De repente, recordé que un 8 de septiembre había volcado con la silla produciéndome una luxación en un codo. "¡Mierda -me dije-, si me parece que hoy también estamos a 8 de septiembre!. ¿Será mi día gafe?".

Producto de la casualidad, porque las tareas de la recolección estaban concluidas, por aquel camino pasaba un labrador con su tractor. Me subió a la silla y pude regresar a casa.

Mi madre, al llegar a casa, enseguida vio mi ropa llena de tierra y preguntó:
- ¿Qué te ha pasado?.
- Nada -respondí. ¿No me ves que estoy aquí?. No me preguntes. No quiero hablar de ello.
Mi madre si limitó a buscar un cepillo para cepillar mi ropa.

Una vez cepillado, vino mi padre. Él sabe dónde había estado, más allá de los límites impuestos: la ermita de San Roque, porque me reprochó llevar el polvo colorado de Ribota (nombre de la colina), pero no sabe que me había caído de la silla.

Mi obsesión era entrar en casa para comprobar en el calendario de pared de la cocina la fecha exacta del día: Esta vez no era 8 de septiembre, sino 7 de septiembre del año 1999
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El agricultor que me ayudó a subir a la silla es Jose Luis Renedo. ¡Gracias!.

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